

El dependiente es un titulo polisémico y bastante irónico. Fernández, el protagonista, es dependiente (vendedor) en la ferretería de Don Vila. Empezó a trabajar con el siendo niño, y 25 años después, sigue en el mismo lugar, atado a “una promesa hecha al pasar”, dice el narrador. La dependencia a la que hace referencia el título esta relacionada también con la relación con la señorita Plasini, y sobre todo, con la opinión de los demás (estar en boca de todos, es la expresión usada en la película). También, claro, es dependiente de sus instintos.
Un apacible ambiente pueblerino enmarca la acción. De todos modos, es una suerte de pueblo fantasma, no vemos gente –además de los protagonistas- si no en la última escena, en la que están reunidos en la plaza. Aún así, esos seres invisibles controlan todo el tiempo el comportamiento de los demás, ya que tanto las Plasini como Fernández están obsesionados con su opinión.
Esta también es una película sobre la pobreza, y sobre la crueldad que entraña esa situación. En ese sentido Favio se acerca a Brecht y a Buñuel, quienes retratan la pobreza y la marginalidad sin edulcorante ni miradas paternalistas. Lucrecia Martel dice de él que “una de las características más interesantes del cine de Favio es su ubicación social. La mayor parte de los directores ubican sus historias en la clase media o alta. Sin embargo, Favio explora universos poco vistos. Por eso su cine es tan particular y tiene un sentido del pudor totalmente distinto. Una relación con lo emotivo que por momentos hasta se convierte en ingenua, pero extrañamente lo vuelve muy genuino.”
Al igual que Crónica de un niño solo, ésta también es una película profundamente silenciosa, no sólo desde lo despojado de la banda sonora, sino por las dificultades que presentan los personajes para comunicarse. Las repetidas cantinelas de Don Vila, el discurso cortado y brutal de la señorita Plasini, La verborragia sin sentido de su madre, la mudez del hermano oculto, el discurso vacío y convencional del dependiente… Incluso madre e hija se susurran al oído frente a él, ocultando el discurso. Los personajes nunca llegan a comunicarse, nunca llegan a la intimidad a través del discurso.
En una película así, el único que comunica información elegante y cínicamente es el narrador, que conduce el hilo de la historia de manera magistral. Este narrador en off, omnisciente, marca el ritmo de la película, llevándola a un lugar más literario que Crónica de un niño solo.
Poco sabemos de los personajes. Fernández, por ejemplo, nunca deja su rol de dependiente. No abandona su guardapolvo más que en el entierro. Es su marca identitaria. De Plasini sabemos que es hija de un espiritista, ya fallecido, que vive con su madre y que ambas cuidan el templo que linda con su hogar. De hecho, hay una versión previa de El Dependiente, en la que Fernández entra por equivocación por la puerta gemela al templo, y ahí le gritan “Libérese, libérese”. En esta copia la escena no está.
No conocemos el nombre de nadie, excepto del hermano oculto. Todos en la película son anónimos, nombrados por un genérico apellido.
El uso de los primeros planos y de los planos detalles de los personajes es permanente, nos los presenta de manera obsesiva y grotesca.
El primer travelling introduce al narrador, en el que se explica la relación entre los personajes que habitan la ferretería. Cada travelling tiene un valor narrativo muy importante, en la mayoría de ellos aparece el narrador, que nos revela información sustancial. “Don Vila vio en él al niño que había sido, y Fernández vio en Don Vila el viejo que sería” esa situación de dependencia, de co-dependencia, es una proyección negativa de sus vidas, que los identifica. De algún modo preanuncia el final.
El narrador nos presenta a la protagonista femenina, aún anónima. La cámara la sigue casi obsesivamente, a través de travellings semicirculares repetidos. El mismo movimiento se continúa en un travelling similar en la cocina de la ferretería. Esa es una preciosa lección de montaje, acerca de cómo pegar dos planos en movimiento.
Los travellings repetidos son una marca de estilo en Favio, sobre todo en el momento de presentación de sus protagonistas femeninas.
La Señorita Plasini espera en la vereda. Ella también (como el dependiente) espera. Es como una ofrenda, parada bajo la luz del farol. Aparece como una víctima propiciatoria, un rol tan adecuado para su contexto espiritista. La vemos callada, temerosa, apenas respondiendo con medias palabras, sin levantar los ojos del piso.
Fernández le dice: “El habernos conocido fue mera casualidad”, sin darse cuenta de que la victima propiciatoria en realidad es él.
El escenario en el que transcurre el romance es una galería muy iluminada, que corresponde a la única parte visible socialmente de la casa de los Plasini. La luz intensa y blanca se contrapone con la profunda oscuridad del patio de la casa y de la calle, en la que también aparecen unos manchones de luz bajo los que Fernández evalúa su desempeño. Estos dos valores tan marcados se contraponen con la iluminación uniforme y predecible de la ferretería, que es un espacio seguro, sobre todo en relación a la misteriosa casa de las mujeres.
La película esta marcada por una serie de repeticiones, si bien en cada una de ella aparecen matices diferentes. Es una manera muy interesante de abordar una historia cargada de rutina, muy cercana a la idea de la tragedia griega, en la que los personajes no pueden luchar contra el destino que se les ha asignado.
Palabras de Leonardo Favio:

